Concorde

Cuando pisaban un aeropuerto siempre terminaban por reconciliarse con los trenes. Durante las horas de espera, incómodas, aprovechaban para pasear entre los restos de una infancia desatendida, soñando con estaciones de tejados de hierro, impregnadas del humo negro que dejan las ilusiones frustradas. Entonces, como el té de las cinco, era cuando llegaban las nostalgias:

–Yo es que soy una nostálgica del Concorde –como de casi todo– aunque no llegara a subirme nunca.

–Como en casi nada.

Las nostalgias eran urgentes. Sobrevenían en los momentos menos oportunos y no se iban hasta ser expresadas. A ella le pasaba cada día, casi cada hora. Sufría nostalgias de ésas que llegan a priori. No antes, sino independientes de la experiencia. ¿Por qué hay que vivirlo para añorarlo? Ella lo repetía insistentemente a cualquiera que lo quisiera escuchar, especialmente si notaba electricidad estática.

No de la que da calambre por fuera, sino por dentro:

–Hoy he sentido nostalgia de la Unión Soviética.

–Pero si naciste meses después de su desaparición.

–Lo sé. Pero ya nadie volverá a cantar como el Trololo.

Esta vez eran las nubes, el cielo y los picos de los Alpes arañando la capa blanca, como las flores del desierto o los tiburones hambrientos que reciben al pirata condenado. Como la barba de tres días o las copas en barras de madera desgastada de soledad.

–Mira, mira hacia fuera. ¿Te das cuenta que las nubes son siempre ‘nubes’? ¿Que el cielo es siempre ‘cielo’? Mira, incluso las montañas son montañas.

–Y tú eres tú y yo soy yo. ¿Qué más da?

No, no es eso. Es que este avión no tendría por qué ser este avión. Los aviones no lo fueron siempre. Sólo el Concorde, mientras voló, se atrevió a amenazar la hegemonía del sustantivo. Quizá hoy pudiéramos volar en Concorde y no en avión.

#relatosurgentes

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Background: Photo by Javier García Toni. © 2020

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