Hacia rutas salvajes

February 1, 2014

Remontaba la carretera río arriba, como los salmones, con el viento y con el sol de cara. Tan de cara que tenía que ladear la cabeza para taparlo con los manchones de la luna delantera. Casi no veía nada, pero conducía deprisa para calentar el motor. Estaba helada y quería poner la calefacción, todavía salía aire frío y no paraba de tiritar. Buscó sus gafas de sol en el asiento del copiloto, pero se dio cuenta de que las había olvidado hacía ya unas horas en la playa. Allí seguirían y allí seguirán hasta Dios sabe cuándo. En aquellos parajes no había nadie. Pensaba que quizá dentro de seiscientos años alguien las encontraría y las donaría a un museo, fascinado por esa extraña y antigua costumbre de cubrirse los ojos con cristales negros. Los ojos, que son el espejo del alma. Sus gafas, con suerte, todavía tendrían el reflejo de su iris para poder seguir mirando a la cara de esos extraños seres futuristas de grandes pulgares que ya no tendrían pelo ni apéndice. 


La playa había sido bastante hostil. Era verano, pero estaba demasiado al norte como para pedir tregua a la noche, por breve que fuera. Tiritando, sin poder dormir, había tenido que recoger su saco, volver al coche y seguir rumbo al este. Ahora amanecía, y estaba segura de que ese día pasaría hambre. Apenas le quedaban dos latas de atún y media botella de agua. Quedaban muchos kilómetros hasta el pueblo más cercano, donde volverían a mirarla como lo que era: una forastera andrajosa que contaba las monedas para no pasarse ni un céntimo de lo que había estipulado para ese día. 


Era joven y era fuerte. Era ella y tenía el mundo a sus pies. Como casi siempre, por otro lado, salvo cuando era pequeña y tenía que ponerse cabeza abajo en clase de Educación Física, o cuando se subió por primera y única vez al Dragon Khan. Entonces, decía con ironía, se ponía el mundo por sombrero. Ese verano estaba recorriendo la tierra que le había fascinado desde pequeña. Justo allí, donde se acaba el mundo, donde ya no hay nada más. Al norte del norte, donde siempre es de día.  


Llevaba un mapa que insinuaba que podría seguir río arriba hasta las cimas nevadas. No pretendía llegar tan lejos, se conformaba con poder cantar al viento, que era fundamentalmente para lo que viajaba. Si hubiera en el mundo una definición de libertad, pensaba, sería esa: ella y los Stones donde ya no importa nada. 


Era inevitable que terminara distanciándose. Y cuando lo hizo, lo hizo con su desmesura habitual. Quería vivir tomando el sol, allí donde no se acabara jamás, donde no tuviera que hablar con personas, donde no tuviera que ser persona. Huía de muchas cosas, pero sobre todo huía de la huida. Huía de esos momentos de éxtasis, felicidad y desconexión. Huía de las cañas de los fines de semana, de las películas y las novelas; huía de encontrar momentos propios que solo tenían sentido por todos esos otros que los provocaban. Si no tuviéramos que vivir como nos dicen, si solo tuviéramos que ser felices, no necesitaríamos ocio. El ocio es el reverso del éxito profesional, el lado oscuro de la contemporaneidad. 


No podía quejarse, decían. Tenía trabajo, ganaba un salario estándar. Cumplía sus horas y las de los demás, sin esperar nada a cambio. Se relajaba en cuanto salía de aquella prisión de acero y cristal. Pero ella nunca encajó, nunca fue capaz de dejarse llevar por la corriente, de hacer como si le gustara, de vivir la vida que habían planeado para ella. Había algo extrañamente artificial, impostado, pretencioso y sintético en aquella manera de hacer las cosas. Todo fluía, tan suave que era casi imperceptible, incluso agradable, pero demasiado revuelto para sus ojos. Los ojos claros están hechos para los días oscuros, por eso tenía que llevar siempre las gafas de sol, pero había llegado a su límite. Su límite, por otra parte, era una línea difusa a la que nunca llegaría. Ni siquiera sabría encontrarla, porque para cuando lo hiciera estaría traspasándola. En todo caso siempre sería capaz de superarla. Los datos, los gráficos, los estudios, los buenos tiempos y las buenas maneras. Límites autoimpuestos, líneas rojas que ella estaba dispuesta a cruzar y respetar a la vez. Líneas como las que cada día pintaba, como las que cada día esperaba, como las que cada día borraba. 


Ponía en cuestión la manera misma de obtener los sacrosantos datos, fuente de legitimidad inagotable para enseñar a otras personas cómo deben vivir y cómo deben pensar, desde vidas que no son la suya y muertes que no son las suyas. Había roto con todo salvo con las cosas importantes. Dejó que cada una de las personas que la rodeaban eligiera una de esas cosas importantes, y se reservó para sí misma la más importante de todas las cosas importantes. El norte. Donde ya no importa nada, donde ya no queda nadie, donde la noche furtiva solo amenaza pero nunca consuma. 


Allí, naturaleza, carretera y ella. Casi llegaba a la pequeña villa que señalaba el mapa cuando se iluminó la pantalla de su móvil. ‘Siento interrumpir tus vacaciones, pero tienes que volver. Están pasando cosas importantes’. 


Cosas importantes. Cada uno elige las suyas, pero solo una. Ese era su trato. Levantó la mirada, empuño el volante y se dispuso a hablar al norte de tú a tú. 

 

 


Si aceptamos que la vida humana se rige por la razón, la posibilidad de vivir queda destruida
Hacia Rutas Salvajes, 2007

Please reload

August 28, 2017

December 20, 2016

November 2, 2016

October 3, 2016

March 31, 2015

March 1, 2015

February 20, 2015

February 26, 2014

February 1, 2014

January 5, 2014

January 1, 2014

December 25, 2013

December 23, 2013

December 22, 2013

December 14, 2013

Please reload

Please reload

  • Wix Twitter page
  • LinkedIn App Icon
  • Instagram App Icon
  • Pinterest App Icon
  • Wix Google+ page

Background: Photo by Javier García Toni. © 2020

© 2020 Javier García Toni. Todos los derechos reservados