La escuela de los centros

March 3, 2014

Se dio cuenta conduciendo. La carretera se ampliaba casi a la vez que se colapsaba; más carriles para más coches, más farolas para más humo. Se multiplicaban los desvíos y las incorporaciones, y cientos de coches transitaban a toda velocidad bajo los carteles azules. Estaba llegando a las afueras, donde todavía podría aparcar sin poner parquímetro y donde no tendría que soportar el atasco infame de la avenida que conectaba esa zona con la plaza más emblemática de la ciudad; ésa que quedaba a sólo tres manzanas de su hotel. Era consciente de que tardaría más en llegar desde donde estaba a la plaza que en recorrer los 700 kilómetros anteriores. Ya sabéis, el precio del centro.


Ese día, quizá como cualquier otro, las afueras tenían un marcado aire hostil. Aquellos edificios eran como dementores, amenazaban con extraer hasta la última de felicidad que quedara en el alma. Miraba y lo encontraba deleznable, malvado, enfermo, soez. Agresivo. No se trataba ya de precios, ubicación o comodidad. Tampoco de nivel adquisitivo, posibilidades, tranquilidad o bienestar. Se trataba de lo bonito y de lo feo. De la belleza como concepto universal, aunque lo miraba desde una perspectiva profundamente humana. En realidad no sabía mucho de filosofía, pero tampoco se las daba de pedante. Recordaba vagamente que los griegos habían dado mucha importancia a la belleza y a la armonía; y sin saber bien por qué también pensaba en el hombre de Vitruvio. Sus planteamientos a bordo de esa semifurgoneta Renault eran, sin embargo, mucho más mundanos. Eran las córneas, que dolían. Era la pupila, que se hacía pequeñita. Era la sonrisa, que se borraba; eran los dedos, que quemaban. Era supervivencia Kangoo. Eso tenía que apuntarlo, podría venderlo como eslógan de esos que preguntan si te gusta conducir. No por esas carreteras, desde luego. En ese momento y con ese paisaje perverso daba por hecho que nadie respondería que sí.


Iba a pasar un fin de semana en una de sus ciudades favoritas. Estaba a punto de llegar, el viaje había sido largo y el sol de julio no daba tregua. Pasaría un par de noches, dejaría allí el coche y cogería un avión. Pretendía pasar unas vacaciones en una de esas capitales europeas cargadas de historia, fantasmas, leyendas y sombras. Había reservado una habitación en un hotelito céntrico, cerca de todo y no demasiado caro. Algo viejo, pero cómodo, según las críticas que había leído en varios foros. Céntrico. Pero, ¿por qué céntrico? Cuando hizo la reserva buscaba más o menos lo mismo que querría todo el mundo. Quería disfrutar del casco histórico, de la parte antigua, de lo que visitan los turistas. De lo bonito. De lo que justificaba pagar casi doscientos euros por un billete.


El razonamiento llegó casi de manera automática. Tanto como poner un intermitente al girar. Fue, de hecho, simultáneo: levantó la palanca izquierda del volante para girar de la misma manera que no viajaría a Praga para alojarse en las afueras. Era tan evidente que no entendía cómo nunca nadie lo había propuesto. Si lo bonito de las ciudades es el centro, donde van los turistas y donde están los bares, las tiendas y la vida; ¿por qué no construir todo igual? ¿Por qué no hacer los respectivos ensanches a imagen y semejanza del centro?


Era la mejor idea que había tenido nunca: las afueras serían entonces tan bonitas como el centro.


La civilización sin estética es sólo barbarie. Y los edificios que acababa de dejar eran la mejor descripción de barbarie que podría hacerse imaginado nunca. Pasear entre ellos tiene que ser necesariamente incompatible con la felicidad. Por muy bonito que llevara el día, mirar alrededor y ver ese horror significaría renunciar al buen ánimo, al buen humor y a la capacidad de generar alegría, sea propia o ajena.


Llegó por fin, aparcó y sacó la Moleskine de los proyectos. Pasó toda la noche pensando en cómo rediseñar cada uno de los barrios periféricos que no le gustaban. Habría que demolerlos de manera íntegra y volver a empezar de cero. Implicaría tener que realojar a la población de manera temporal, ya que cada uno recuperaría luego una casa, pero eso era lo de menos. Ya se apañará el Ayuntamiento, pensaba, que para eso pagamos impuestos. Trazó planos, proyecciones y bocetos. En realidad no era arquitecto, pero como si lo fuera. Había sido testigo de primera mano de una exitosa carrera universitaria de Arquitectura y se sabía todos los trucos. Las libretas, los cafés, los planos, las noches sin dormir, los horarios desfasados y el halo de superioridad tanto moral como profesional. Se instaló incluso el AutoCAD, aunque supo ni abrirlo.


Amaneció. Tenía los planos apilados y los ojos como platos. La mesa llena de tazas vacías, latas y colillas. Estaba despeinado, sin duchar y miraba la realidad como si fuera una película, casi en trance. Llegó a creerse Santa Teresa en uno de sus éxtasis, aunque sin arcángel nocturno. Su éxtasis era aún mejor: era uno de creación, belleza y proporciones áureas.


—Esto me convierte en un arquitecto de verdad.


Decidió fundar su propia escuela arquitectónica. Sería un éxito a nivel global, nadie podría negar la lógica aplastante que había aplicado. Lo basaría en un simple silogismo: la vida es ser feliz, ser feliz es bonito, la vida es lo bonito. La llamaría ‘la escuela de los centros’. La escuela de la destrucción de las periferias escandalosamente feas y de la construcción de la belleza suburbial. Sería recordado, admirado y estudiado; proporcionaría belleza estética a millones de vidas atrapadas en laberintos de ladrillo y hormigón. Cerró la Moleskine, se puso las gafas de sol y salió a encontrar un socio.

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