El Café Imperial de Praga

March 14, 2014

Se fue a Praga a fundar una ciudad y a romper una canción. A quemar banderas y a bailar entre ruinas; a rimar cicatriz con epidemia y a retumbar con los primeros acordes de los cristales de Bohemia de Sabina.


Sacó los billetes como quien saca los platos del friega: húmedos, relucientes y listos para usar. Todavía mareado por los gin tonics, no lograba quitarse la media sonrisa de la cara. La tenía desde hacía unos treinta minutos, cuando abrió su correo electrónico y se encontró con las palabras más bellas de todas cuantas se estaban leyendo esa noche en el Barrio de Lavapiés de Madrid. Ella quería que fuera. Le abría las puertas de su ciudad y de su casa.


Había comido poco pero había cenado mucho, animado por la lejana —pensaba hacía dos horas— perspectiva de volar a Praga y sustituir a Jack el Destripador por Gustavo Adolfo Bécquer. Se decía romántico, pero no engañaba a nadie. Pero si París bien vale una misa, Praga bien vale un Mr. Hyde. Sacaría su otra cara y se la quedaría de manera perenne, dejando que su yo más killer se fusionara con las estatuas del Puente de San Carlos. Negro, lúgubre, antiguo y turístico. Si tenía que matar a un yo anterior, y tenía que hacerlo, no se le ocurría ningún sitio mejor que Praga para enterrarlo.


Diez días después Ivana esperaría impaciente en el Café Imperial. Apuraría cada sorbo y miraría de reojo hacia la puerta. Estaría nerviosa, pero nadie tendría que notarlo. Mucho menos él. Mostraría un estudiado despiste, lo suficientemente intenso como para no reparar en su entrada pero lo suficientemente fugaz como para sonreirle con la mirada antes siquiera de que se hubiera cerrado la puerta. El café llevaba en pie desde 1914, y durante estos cien largos años había sido testigo de innumerables romances, pero éste sería diferente. No por nada, sólo que esta vez les tocaba a ellos. Y eso justificaba plenamente que fuera el más especial en todo un siglo.


Él decía que fue a Praga a encontrarse con ella, con la ciudad y con Ivana, como había hecho hacía solo unas horas. Llegó tarde a una de esas citas laborales ineludibles, plagadas de corbatas y de canas, de sonrisas impostadas y de móviles estridentes. Tomó asiento y examinó detenidamente a los asistentes. Se sentía deslocalizado, perdido en la marabunta de la hipocresía y el artificio, cuando reparó en otro individuo de su misma raza. Los suyos eran diferentes: eran vistosos, curiosos y auténticos. Su raza sabía bien lo que los demás pensaban, a sus ojos eran siempre intrusos, sospechosos, hostiles y accesorios. Ella era morena y joven, parecida pero extraña, como un perro entre lobos. Tampoco pertenecía a ese lugar, también ella estaba de más. Buscaba rostros agazapados tras la parafernalia característica y excesiva que le rodeaba. Y también ella le encontró a él. Cruzaron la mirada durante tres segundos. Fue suficiente.


Una hora después, la conversación volaba de Kafka a Kundera, pasando por Seifert, Trnka o Václav Havel. Él se esforzaba en recordar los pocos referentes checos que tenía en la cabeza, ella se esforzaba por chapurrear el poco español que sabía. Se dieron el contacto y se despidieron. Los presentes cuentan que lo que dijeron no les llamó la atención. Una despedida cordial de dos extraños que han compartido la enésima conferencia del año.


—Encantado
—¡Hasta otra!


Pero no. El engaño auditivo fue sincronizado, porque todos escucharon mal. Lo que se dijeron en realidad no tenía nada que ver.


—Me voy a verte a Praga
—Lo sé. Te espero


Si las estaciones tienen que terminar, sobre todo las frías, que sea siempre así. El final de su invierno era eso. Norte y mujer, Praga y Café. El Imperial cumple cien años. En su historia se cumplen cien latidos de una conversación inconclusa.

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