La Escalera del Sur

February 20, 2015

El Sur debería estar arriba. Eso bien lo sabe Dios, aunque errara la perspectiva. Él creó el mundo desde arriba y claro, el sur —según su punto de vista— quedaba allá, al fondo. Justo donde se encuentra la meta, el objetivo, lo que algunos consideran la barrera imposible de los anhelos de grandeza. Allá donde todos quieren llegar. Puso a la Estrella Polar para que no perdiéramos el Norte: ese otro ‘allá’; aquél de donde venimos, lo que queda atrás. Un punto de referencia para poder avanzar desde ahí. 


El problema es que nosotros mirábamos desde abajo. Teníamos los pies en el suelo y no en el cielo. Confundimos el Sur con el Norte, y decidimos ponerlo abajo en todos los mapas. La civilización humana está, claro, en constante declive desde entonces. 


Fui al Sur a conocer a Escarlata y a Melania. Enfilé la carretera esperando encontrar uno de esos lugares magnéticos; cuna de culturas, paisajes, gentes, algodones, tragedias y también modos de vida. Hay quien propone peregrinar a la Meca. Yo creo que la peregrinación sería mucho más divertida si empezara en Nashville y terminara en Nueva Orleans, silbando Dixieland o escuchando a Elvis Presley, Tom Petty, Lynyrd Skynyrd, Chuck Berry, Jerry Lee Lewis, Louis Armstrong, Willie Nelson, Feddy Fender, Grateful Dead, Dolly Parton, Alison Moorer, Tennessee Earnie Ford, Roger Miller, Caitlin Rose, Creedence Clearwater Revival, Johnny Cash, Kenny Rogers, Alabama, Kings of Leon o Lynn Anderson. Quizá parando de vez en cuando para luchar un Dueling Banjos. Siempre por carretera, siempre hacia el Sur y siempre con desdén hacia el Norte; donde no saben nada de lo que de verdad importa. 


Cuando llegué encontré una enorme casa blanca desteñida por los años y la lluvia. Entré sin llamar. Escarlata estaba probándose unas cortinas verdes y Melania ponía agua en un cazo. Me miraron y siguieron con sus tareas. Me acerqué esperando un abrazo, dos besos o un simple apretón de manos. Me lo negaron. Tampoco lo luché, que sabía cómo eran las cosas allí. Salí, me senté en las escaleras y miré al horizonte. El campo amarillento se diluía en los bosques del otro lado del camino. Se escuchaba el riachuelo y los perros corrían, despreocupados y vitales. Melania se sentó a mi lado sin decir nada. Contemplamos el paisaje sureño durante siete largos minutos. Luego Melania me miró con sus profundos ojos claros. 


—Te esperaba más alto. Así no vas a poder bajarme la escalera del altillo —decía mientras comparaba su zapato con el mío—. Y como la escalera está en el altillo no puedo usarla para bajarla del altillo. ¿Te das cuenta? Este mundo es una paradoja constante. 


Yo le propuse intentarlo. Quizá pudiera llegar si me estiraba lo suficiente, o si me dejaba subirme a una silla. Ella negó con la cabeza, como si no entendiera nada, y se levantó. Silbó para llamar a los perros y entró en casa. 


Escarlata miraba atentamente desde la ventana. Se había hecho un vestido con las cortinas verdes y parecía una duquesa victoriana con olor a rancio y tacto de terciopelo gastado. Salió y se sentó a mi lado. 


—No soporto a los actores secundarios. No entienden que su papel es dejarse matar por las actrices protagonistas, no quejarse porque no les dejan sacar todos los matices al personaje. Matices —sonreía y agitaba la cabeza—. ¡Matices! ¡Pero que son secundarios, no le importan a nadie!


Uno de los perros se acercó y se tumbó a su lado. Escarlata comenzó a acariciarlo y me dio la mano. 


—¿Tú no eres uno de esos, verdad? —me miraba fijamente y la verdad es que me intimidaba un poco— Tú eres tan protagonista como yo, ¿no?


Asentí con la cabeza. Le dije que sí, que por supuesto. Había recorrido miles de kilómetros para conocerlas y sería lo que ellas quisieran que fuese, no faltaba más. 


Escarlata me dijo que tenía preparadas las maletas y entró a por ellas. Sacó cuatro grandes bolsas de cuero viejo y un paraguas. Me propuso que nos fuéramos al oeste, a uno de esos estudios grandes y caros, con vistas al mar y buscavidas jugando al billar. Ella quería fugarse y yo tenía un coche, dinero y los ojos verdes. 


Me levanté y metí el equipaje en el coche. Le abrí la puerta para que entrara y le dije que sí, que claro, que nos íbamos. Pero que antes tenía que ayudar a Melania a bajar una escalera de no sé qué altillo al que no llegaba. 


Craso error. 


Escarlata se bajó del coche visiblemente indignada, abrió el maletero y sacó sus bultos. Se me acercó mucho, tanto que pensé que me iba a besar. Pero no, no lo hizo. Dijo que se notaba que yo no era sureño, que era un intruso o peor, un secundario. Que en el Sur las cosas importantes son las que se hacen primero, y que fugarse era mucho más importante que una escalera. Me habló tan fuerte que su saliva me salpicó en la cara. Luego me dio una bofetada, le saltó una lágrima y se fue. 


Arranqué el coche y me fui a probar suerte al oeste. Tenía todo el tiempo del mundo para reordenar mis prioridades. Miré a Melania mientras me alejaba de la casa. Levantó los hombros y sonrió, saludó con la mano y pensé que quizá fuera la experiencia más maravillosa que hubiera vivido nunca. 

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