Luces de Lisboa

March 31, 2015

Conducía hacia el oeste porque aquellos días mi vida era un atardecer constante. Pensaba que si iba lo suficientemente rápido podría mantener al sol a raya e, incluso, vería cielos rojos para siempre. Pronto me di cuenta de que no. Mi Golf no corría tanto. Me encontré con el mar cuando el faro ya estaba encendido, marcando el camino para los vagabundos errantes que llegan del otro lado del Atlántico. Lisboa estaba como siempre, cansada y risueña, gastada por el viento y los desengaños.

 

Siempre he pensado que las tierras que miran al oeste llevan el ocaso marcado a fuego. Hay lugares alegres donde se ve cada día amanecer, donde siempre se empieza; donde el final no es el final. Por eso la pintura gastada de la Praça Figueira ocultaba las salidas de emergencia, los espejos y hasta la paciencia, admirable, con la que cada día se mira al horizonte para ver el descenso de la pelota amarilla que nos ilumina. Aparqué con hambre. Pero Portugal cena antes, y a esa hora sólo me esperaban las animadas calles de la colina de Chiado.

 

Me encontré con Jack en uno de esos rincones portugueses de guitarra, vino y queso. Se sentó en mi mesa y me saludó con un gesto de cabeza.

 

–I’m from Louisiana –decía con fuerte deje sureño–. Obrigado. Everybody says obrigado here. 

 

Me presenté en español. Resultó que lo hablaba de manera más o menos fluida. Le pregunté que por qué los americanos siempre decían ser de su Estado, pero nunca estadounidenses.

 

–I’m from Dixie –me corrigió enseguida–. No es lo mismo, amigo.

 

Venía de un largo periplo por México. Estaba en Lisboa por negocios, dijo sin especificar cuáles.

Vestía como yo esperaba que lo hiciera alguien de Nueva Orleans. Hablaba como si mascara tabaco y tenía las manos curtidas por el sol, la tierra y el saxofón. No me dijo que fuera músico, pero eso yo lo daba por hecho. Lo sabía por cómo miraba de reojo al escenario, donde una chica rubia cantaba a Bob Dylan. Evaluaba cada nota, cada rasgueo y cada verso. Saboreaba el vino como si luego lo fuera a escupir, pero no lo hacía. Bastante tenía con escupir palabras.

 

Jack se levantó, supuse que para ir al baño, pero se dirigió a la barra. Sacó la cartera y ajustó cuentas con el camarero. Volvió a mi mesa y me dijo que estaba todo pagado si le acompañaba a probar las calles de Lisboa. Llovía y hacía frío, pero me levanté y le seguí. Salimos y empezamos a caminar. Jack me contó que había estado cuatro meses en la península del Yucatán y que se había hartado de playas y amaneceres. Había escuchado hablar de la vieja Europa, ‘donde nació todo’. Quería pisar las tierras del otro lado y se encontró con Portugal. Se proponía iniciar una larga ruta que terminaría en Berlín.

 

Le pregunté por sus negocios. El mío, le dije, era ver atardecer en la costa. Él me dijo que estaba buscando enemigos. Necesitaba antagonistas. Yo no lo entendía bien, e insistí en sus negocios. Me contestó que el alma le sangraba por las heridas abiertas de tanto dormir. Sí, de tanto dormir. Miré perplejo, empezaba a perderme entre tanta palabra enigmática y tanta pose misteriosa. Jack seguía caminando bajo la lluvia, enfilando las bajadas que desembocan en el Elevador de Santa Justa. Era tarde, quedaba poca gente en la calle y seguía lloviendo. Lisboa parecía todavía más fantasmagórica bajo el agua.

 

No me vio mirarle. Me preguntaba si habría reparado siquiera en mi compañía. Andaba despreocupado, como si no lloviera, no hiciera frío y no acabara de llegar de otro continente. Seguimos caminando hasta que llegamos por fin a la Rua Áurea. Jack giró a la derecha y yo simplemente le seguí.

 

–Busco enemigos porque mi negocio es destruir –tenía la camisa pegada a la piel, marcando la forma de su cuerpo como en un concurso de miss camiseta mojada–. He destruido vidas en Nueva Orleans, corazones en Tulum e ilusiones en Santiago. Quiero destruir porque de eso vivo: destruyo para luego construir. Recojo pedazos muertos, los reordeno y creo something new.

 

No tenía muy claro si era cirujano, novelista o cantautor. Sólo sabía que era raro de cojones, eso sí. –Nada de eso –sonrió–. Soy mecánico. Bueno, no sé cómo lo llamáis aquí, pero esos que arreglan cosas, ya sabes.

 

Llegamos al Terreiro Do Paço. Estaba desierto. Me dijo que él se quedaba ahí, que había sido un placer y que me deseaba la mejor de las suertes. Le estreché la mano y pasé toda la noche vagando por La Baixa. Todos los hoteles estaban llenos, o eso decían. Volví a las dos horas a la plaza donde me había despedido de Jack. Allí estaba, sentado mirando al Tajo. Pensé en sentarme y pasar con él lo que quedaba de noche. Pero decidí que no, que no podía soportar tanta paz frente a tanto puto frío. Volví a La Baixa. No me di cuenta entonces, pero Jack destruyó mis nervios.

 

Él vivía de eso. Años después supe que recogió los pedazos rotos, los reordenó y se trasladó a un lugar llamado Happy Jack, en la desembocadura del Mississippi. Sospecho que, de hecho, lo fundó. Yo seguí buscando atardeceres, intranquilo por si los agotaba y siempre bajo secreto de sumario. No me di cuenta entonces de que Jack fue mi atardecer. Me lo tuvo que soplar el viento de cola que empujaba el coche cuando salí de Lisboa. Pasé una última vez por el Terreiro Do Paço. Jack ya no estaba allí; esta vez me encontré con la chica rubia que cantaba a Dylan. Sonreí y pensé que al final, y como siempre, theanswermyfriendisblowin’inthewind.

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