Postales de Tokio

October 3, 2016

Me sonrió como se sonríe a las lluvias del otoño, a las noches de junio, al primer sol de abril. Como a todo lo que sabes que terminará llegando. En Japón siempre estaba todo en su sitio, como los silencios rítmicos. Ni encima ni debajo, ni antes ni después. Solo ahí. Si todo tenía su momento y su lugar, esa sonrisa solo podía estar en ese cruce de Tokio en esa mañana de noviembre. No era ese cruce que sale en las películas, ese pintado en varias direcciones rodeado de neones, sonidos urbanos y tacones con prisas. Era otro cruce, uno de los pequeños. Uno de los que pueblan las calles aledañas, las que saludan tímidas y terminan por humanizar una de las mayores urbes del planeta. Tokio no era solo luz y neón. Era también una calle estrecha, cuidada, con casas bajas y cables anudados en enormes postes de la luz. Era un restaurante pequeño, una bicicleta sin atar. Tokio era, sobre todo, esa sonrisa, esa mañana y ese noviembre. 


Supongo que ella sabía que yo terminaría llegando. Era solo uno más de todos los meses once que estuvo esperando. Llevaba demasiado tiempo esperando como para saber cuánto tiempo llevaba esperando. Quizá fueran 20, 30 o 40 años. 50, 53. Tampoco le importaba demasiado porque la vida era mientras tanto. Recordaba con cariño los años más duros. Quizá porque fue su niñez y porque los años de la niñez siempre vuelven pintados de azul, quitando el gris de la memoria de los días en los que fuimos héroes de barrio; esos que salvaban muñecas de trapo de los invasores blancos. Luego supo que no, que no fueron años fáciles; pero salió adelante. Ella siempre vivió en ese barrio. Tokio terminó por quedarle grande, tanto que incluso a veces creía no reconocer su ciudad natal. Su barrio no era céntrico, pero qué podía serlo en una ciudad inabarcable pero que cabía en ese cruce.


Ya no aguantaba tanto de pie, tampoco veía ni oía igual. Sabía que sus manos ya no eran las que fueron. Ahora estaban arrugadas y algo desteñidas, aunque sujetaban con fuerza el paraguas transparente que alguien había dejado en la esquina. Siempre había agarrado las cosas con fuerza, desde niña. La vejez podría tumbarla, solía repetir, pero nunca le quitaría la fuerza de las manos que tanto le habían dado. Sabía que las nieves del tiempo plateaban las sienes porque lo había escuchado en una canción lejana, del otro lado del mar. Se la enseñó el marinero de ojos azules, del acento cantarín y los cabellos manchados de navidad. Hacía tiempo de eso, pero volvía cada mañana de cada noviembre. 


Ella no había conocido los ojos azules y le llamaron mucho la atención. Era solo una adolescente que volvía sin prisa del colegio cuando se lo encontró. Sonrió e hizo una reverencia, como marcaban los códigos sociales cuando se saluda. Él rió y pronunció algo en idioma extranjero, bello pero extraño. Solo entendió la palabra ‘Argentina’ porque había estudiado los mapas de su abuelo desde pequeña. Siempre soñó con cruzar el mar y llegar al otro lado, a las orillas de América para volver a mirar a Japón y ver los problemas en pequeño. Todo era cuestión de la perspectiva, decía su abuelo mientras abría el atlas. Esos dos adolescentes, al hacer la reverencia, tenían solo la perspectiva de sus pies. Estaban manchados de barrio. 


Cuando Buenos Aires encontró a Tokio empezó a llover. Lo hizo a mares y de repente. Intenso, fugaz y eterno. Siempre era así en esa parte de Tokio, la suya. Corrieron a refugiarse en el cruce, el mismo donde la encontré tantos años después. Trataron de hablar, pero el español y el japonés combinan mal. Ella se lo imaginó en su Argentina, taconeando y riendo, tomando bebidas extrañas y comida sin palillos. Se lo imaginó como ahora, imitando la reverencia sin poder contener la sonrisa. Él la imagino risueña y quitándose los zapatos al llegar a casa, haciendo los deberes y escribiendo esos símbolos tan extraños como bellos. Pasaron horas tratando de hablar bajo la lluvia. Seguramente no lo fuera, pero la memoria es caprichosa y decidió marcarlo como uno de los mejores ratos de sus vidas. Lógico, los altares del recuerdo son imprevisibles. 


Dejó de llover y se despidieron con una postal. Él garabateó unas letras que ella aún desconocía. Solo varios años después, en su segundo semestre de español, fue capaz de comprender lo que ponía. 

 

Nos veremos otro noviembre. 
Espérame en este Tokio querido, 
que ya vengo de mi Buenos Aires. 

 

Rafael. 


Me sonrió volviendo a la juventud y a los años livianos. Había vuelto cada mañana de cada noviembre, cada día que empezaba a llover. Yo debía parecerme a Rafael, o quizá fuera el primer hispanohablante que cruzaba en noviembre por esa calle. No le importó. Me lo contó todo, empezando por la postal, en su español lejano. Todo lo que había pasado desde que el marinero con acento cantarín se refugió bajo el mismo techado quejicoso de madera vieja que ella.
 

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