La Corredera esquina Velarde

December 29, 2016

Me dejó plantado a las cinco de la tarde. Yo estaba recién llegado, de pie en la Glorieta de Bilbao y con un libro en la mano; mirando el trasiego y preguntándome por qué hacía tanto tiempo que no volvía. Mis años en México pesaban como losas. El DF había grabado mis suelas de surcos de memoria, recordándome cada día que la patria se arrastra con los zapatos. Recuerdo bien esa tarde porque estuve pensando que no me quedaban más excusas. Era demasiado tiempo sin asumir que siempre se vuelve. Tenía la urgencia de decir ‘nosotros’ y de decirlo fuerte, sabiéndome parte del hogar, buscando una noción de patria que fuera, como la de Benedetti, este regreso al propio desconcierto. Disfrutaba de mi nueva ciudad, claro que sí; pero nunca encontré otra calle Fuencarral, otras tapas de Chamberí, otra Gran Vía, otra noche de sábado en Malasaña, otro junio en el barrio de Chueca. Nunca encontré, en ninguno de los sitios que pisé, otra ciudad tan grande y tan pequeña, tan española y tan europea, tan fácil y tan compleja. Tan tú y tan yo, tan de todos que no es de nadie y tan de nadie que es de todos. Era mi Madrid lo que anhelaba, del que nunca me fui porque lo arrastré siempre conmigo e hice que me rodeara a mí y a los míos. Madrid nunca fue solo noche, asfalto y árbol: Madrid era una pose, una actitud y una manera de entender mi día a día con la referencia lejana de lo que fui. Era pedir a gritos que me convirtiera en mí mismo. 


Madrid era también un reencuentro constante. El reencuentro de esa tarde fría de diciembre no llegaría nunca a producirse porque me quedé tirado, aunque en esta ciudad eso nunca me pareció un drama. Tampoco me apetecía tanto verla. Cuando leí su mensaje en el móvil pensé que en realidad prefería pasear de nuevo mi ciudad, reencontrarme con los rincones donde me dejé la juventud y entrar a los bares donde se forjó mi mochila de ratos a los que volver. 


Podría parar a tomar un café y leer alguna de las historias que llevaba escritas bajo el brazo, refugiándome en el Ghost de Wolf Larsen y dejando que Jack London me llevara de nuevo a las costas de Japón. Hacía tiempo que no navegaba Fuencarral, Manuela Malasaña, Velarde, La Palma, San Vicente Ferrer o San Joaquín. Esa tarde volvería a ser el marino de barrio que había sido hacía veinte años, cuando nos agujereábamos la oreja izquierda cada vez que doblábamos el cabo de Hornos de la red de San Luis. Solo tenía que llegar a Gran Vía, dejarme llevar y llegar al Metrópoli. Luego sería más fácil: Cibeles, la Puerta del Alcalá, Serrano, Velázquez, el Retiro, Neptuno. Tenía tiempo de sobra para consolar a las novias que despiden a sus parejas en cada puerto, besando con fuerza sus bocas en las bocas de metro; para escribir sonetos en octavillas y repartirlas en Lavapiés. Tiempo de sobra, precisamente lo que nunca tuve, o al menos nunca de verdad, porque hacía tiempo que sabía de sobra que el tiempo de sobra solo es tiempo si se gasta bajo el cielo azul madrileño. Ese que nunca sobra cuando miras hacia arriba.  


Bajé Fuencarral y caminé en los pies que eran de otros, miré con los ojos de los que miraban diciembre sin miedo, sin frío y con esperanza. Bebí los cafés de la tarde de los que nunca despiden del todo las mañanas; probé cada tapa de cada terraza en las bocas de cada uno de los que decían esta boca es mía. El río simplemente se dejaba llevar y no esperaba jamás. Esta era mi ciudad. Era mi casa y era tan mía como mi mano derecha. 


Llegué a la plaza de Antonio Vega y me cuadré de repente. Miraba al sur. Recordaba perfectamente esa vista desde la esquina con Velarde. La Corredera Alta se desplegaba majestuosa, con la memoria viva de los 80, gritando a los cuatro vientos que estaba viva y que Madrid iba siempre a ofrecer otro trago. 


Si tuviera que volver elegiría los sitios en los que nunca he estado. Si tuviera que leer elegiría los libros que se cayeron de la estantería, los de las páginas ennegrecidas por el peso de las miradas y los años. Si tuviera que mirar buscaría los atardeceres de los paisajes del oeste. Si tuviera que beber pediría esa última que siempre le ponen al pianista, cruzando avenidas de ron, notas al viento y estribillos de los 60. 


Pero si tuviera que estar, si tuviera que ser o si tuviera que sentir entonces elegiría ese mismo punto que mira al sur desde la esquina con Velarde. Permanecería otra vez allí, de pie mirando a la Corredera. Gritaría alto que soy lo que somos, que nos une lo que allí se vive y se respira, que somos compañeros y que vivimos juntos al compás de los latidos de la ciudad. Ese punto es el tacón de mis botas, el último surco de la patria que arrastran mis zapatos. Ese punto es lo que me hizo ser quien soy y ese punto es lo que ata por siempre a una ciudad que de tan mía que fue se hizo de todos, de tan tuya que fue se hizo de nadie y, por fin, se convirtió en Madrid. 


Son millones de personas. Pero todas caben mirando juntas a la Corredera Alta desde la esquina con Velarde. 
 

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